La Mujer Editada
Un cuento del Ratardo 🐀
La vela del sótano parpadeaba como si tuviera hipo. Llevaba parpadeando así desde hacía como dos horas, igual que parpadea una vela cuando alguien se está acercando y todavía no lo sabe.
El Ratardo estaba acostado bocarriba en una caja, masticando un pedazo de queso reseco y mirando el techo de concreto. Hacía rato que no bajaba nadie. A veces se aburría. A veces no. Esta noche tampoco le importaba.
Arriba, en la calle, una mujer manejaba un Audi gris perla por una avenida que no conocía. Llevaba dos horas dando vueltas. Se había maquillado para una cena que no había ocurrido. La pestaña postiza del ojo derecho se le había despegado por la mitad, lo cual le daba una expresión asimétrica que no se atrevía a corregir frente al retrovisor porque cada vez que se miraba a los ojos en el retrovisor se le doblaba algo adentro y prefería no doblar nada hasta llegar a un lugar seguro.
No había lugar seguro.
La cena en Pujol era a las nueve. La reservación estaba a su nombre. Las sillas para sus seis amigas seguían vacías a las nueve y media. A las diez la mesera vino dos veces a preguntar con esa voz que la gente del servicio aprende a poner cuando no quiere decir lo que está pensando. A las diez y cuarto, Renata pagó la cuenta de cinco mil ciento veinte pesos por dos copas de vino blanco que no se había tomado porque dejó los carbohidratos hace cuatro años y el alcohol hace dos, y salió del restaurante caminando como si tuviera prisa por algo, lo cual era una mentira que su cuerpo necesitaba contarle a sus zapatos.
Dejó el celular sobre el asiento del copiloto, vibrando con el último mensaje de Pamela: amiga perdóname, no llegué porque ya no podemos contigo, no es nada personal pero siempre es lo mismo, siempre. Punto. Sin tres puntitos. Sin emoji.
Manejó. Manejó sin destino, llorando con la boca abierta como llora la gente que no se acuerda cómo se llora porque tiene quince años practicando llorar bonito frente al espejo. El maquillaje se le bajaba por la cara en columnas grises. Pasó por una zona industrial sin saber cómo llegó ahí. Bodegas cerradas. Naves abandonadas. Banquetas rotas con vidrio. Una de las llantas hizo un sonido feo y luego otro sonido feo y luego el coche se inclinó del lado derecho y empezó a renquear como animal con pata mala.
Se detuvo. Apagó el motor. Tomó el celular. Cero barras. Sin señal.
Las luces de un edificio le llamaron la atención. No eran luces, en realidad: era una sola luz, débil, parpadeante, en el sótano de un edificio sin ventanas. Pero a las dos de la mañana, en una zona industrial, sin señal, con una llanta ponchada y treinta y ocho años recién cumplidos sin nadie que se hubiera acordado, una sola luz parecía una promesa.
Se bajó del coche. Tacones de doce centímetros. Vestido midi color hueso, ajustado, escotado en la espalda, comprado para impresionar a Sebastián el ingeniero que llevaba cuatro meses con otra. Cargó la bolsa Bottega Veneta y caminó hacia el edificio. La puerta principal no abría. Había una puerta lateral entreabierta, oxidada, con un letrero que alguna vez decía algo y ya no decía nada. La empujó.
Adentro: oscuridad. Olor a humedad. Escaleras hacia abajo. La luz parpadeante venía de abajo.
—¿Hola? —dijo Renata, con esa voz que pone la gente que en realidad no quiere que nadie le conteste.
Bajó. Los tacones haciendo eco como si el edificio entero estuviera contando los escalones con ella. Cuando llegó al sótano, vio primero la vela. Después vio las cajas. Después vio al Ratardo, sentado encima de una de las cajas con las patas colgando, masticando algo.
—¿Qué… qué es esto? ¿Qué eres tú?
—Una rata. ¿Tú qué eres?
—Yo… ¿qué clase de pregunta es esa? Yo soy Renata. Renata Villaseñor. Tengo un coche descompuesto allá afuera y necesito una señal de teléfono o una grúa o un Uber o lo que sea que la gente normal usa.
—No te pregunté tu currículum, Renata Villaseñor. Te pregunté qué eres.
Renata se quedó parada en el último escalón. La pestaña postiza del ojo derecho terminó de despegarse y le cayó sobre el pómulo como una pequeña araña muerta. No se la quitó. Después, sin saber por qué, bajó los dos escalones que faltaban y se sentó en una caja frente al Ratardo.
—Soy diseñadora gráfica. Bueno, estudié diseño gráfico. Ahora trabajo medio tiempo en una galería en Polanco. Pero antes…
—Antes.
—¿Antes qué?
—Dijiste "antes". Cada vez que alguien empieza una frase con "antes" significa que hay una versión de ellos mismos a la que ya no pueden volver. ¿De qué versión estás hablando?
Renata se rió. Fue una risa nueva. No era la risa que había aprendido para Sebastián, que era una risa baja, modulada, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás como en las películas francesas. Era una risa fea. Le salió de la garganta como una tos.
—Antes de gastar quince años convirtiéndome en otra persona.
—Más profundo.
—¿Cómo más profundo? Acabo de llegar.
—Lo sé. Por eso te digo más profundo. Cuanto antes empezamos, más rápido te puedes ir.
Renata respiró. La caja olía a cartón mojado. Se quitó los tacones porque le estaban matando el segundo dedo del pie derecho, el que se había operado tres veces para que fuera más corto que el primero porque Sebastián una vez había dicho que los segundos dedos largos le parecían "anti-estéticos".
—Hoy es mi cumpleaños. Treinta y ocho. Reservé una cena para seis amigas. No fue ninguna. Una de ellas, Pamela, me mandó un mensaje. Dice que ya nadie me aguanta porque siempre hablo de Sebastián, del yoga, de la dieta, del budismo, de la cocina thai. Dice que se cansaron. Dice que no soy yo. Que ya no saben quién soy.
—¿Y tú sabes?
—¿Si sé qué?
—Quién eres.
Silencio. La vela parpadeó tres veces. Renata se miró las uñas: gel, color nude, forma almendra. Sebastián decía que las uñas largas con color le parecían "vulgares". A Renata le habían gustado las uñas rojas toda la vida.
—No.
—Bien. Es el principio de algo. Sigue.
—¿Sigue qué?
—Sigue contándome de Sebastián. Para eso bajaste, ¿no?
—Yo no bajé para nada. Bajé porque mi llanta…
—Tu llanta se ponchó porque tu cuerpo no aguantaba seguir manejando. Tu cuerpo siempre sabe antes que tú. Cuéntame de Sebastián.
Renata se talló los ojos con la palma de la mano. El maquillaje hizo un manchón nuevo. Le valió.
—Sebastián es ingeniero. Pero no nada más ingeniero. Es… era… uno de esos hombres que se viste como si no le importara la ropa pero todas las prendas son carísimas. Que cita a David Foster Wallace y a Nietzsche y a un libro de zen que no he leído nadie. Que cocina comida thai un domingo y dice que la cocina tradicional francesa es "predecible". Que no usa redes sociales pero tiene opiniones sobre lo que la gente postea. Un "hombre auténtico". Eso decía él de sí mismo. "Yo soy un hombre auténtico, Renata, y por eso te quiero a ti, porque las otras mujeres con las que he estado eran productos."
—¿Y tú le creíste?
—Le creí.
—¿Y luego?
—Luego empecé a querer estar a la altura.
—¿Y cómo se está a la altura de un hombre auténtico?
—Volviéndote auténtica.
—¿Y cómo volverte auténtica?
—…copiándolo.
Renata se quedó muy quieta. Como si acabara de decir una palabra que no se había escuchado decir nunca. El Ratardo no movió un músculo. Esperaba.
—Empecé con la comida. Me metí a un curso de cocina thai. Aprendí a hacer pad thai, tom kha, los curries. Empecé a citar el mismo libro de zen que él citaba. Me convertí al budismo. Bueno, no me convertí oficialmente, pero empecé a meditar dos horas al día y a hablar de impermanencia en cenas.
—¿Y luego?
—Yoga. Pilates. Dejé los carbohidratos. Bajé ocho kilos. Me operé los pechos porque él una vez dijo que prefería los pechos pequeños y "naturales" y los míos eran… medianos. Me hice rinoplastia porque tenía una pequeña curva en el tabique que me hacía la nariz parecer "etnica" según una amiga de él. Me puse extensiones porque él dijo que el pelo largo era más "femenino sin ser performativo". Cambié mis lecturas. Cambié mi música. Cambié hasta…
—¿Hasta?
—Hasta la forma en que me reía. Yo me reía fuerte. Como te decía hace rato, así con tos. Y a él le parecía agresivo. Entonces aprendí a reírme bajito. Como en cámara lenta. Lo practiqué en el espejo durante meses.
El Ratardo masticó queso. La vela parpadeó otra vez.
—Eso son muchas operaciones, Renata. ¿Y cómo te ayudaron?
—Me dejó.
—¿Por quién?
—Por una ingeniera del trabajo. Tres años mayor que yo. Cuarenta y uno. Sin una sola operación. Pelo corto. Vello en los brazos visibles. Tiene risa de hiena. Yo la conocí en un evento. Me presentaron. Me cayó bien antes de saber quién era.
—¿Y por qué la prefirió?
—Me lo dijo. Tal cual. La última noche que hablamos. Me dijo: "Lo que pasa, Renata, es que tú trataste demasiado. Y ella es real."
Silencio. Más largo esta vez. Renata se miró las manos. Empezó a llorar otra vez, pero esta vez sin sonido. Las lágrimas le caían directo sobre el vestido midi color hueso, dejando círculos oscuros que parecían constelaciones inventadas.
—Renata.
—¿Qué.
—¿Te das cuenta de la ironía?
—Me doy cuenta de todo, gracias.
—No, en serio. Te operaste, te transformaste, te convertiste a una religión que no era la tuya, aprendiste a cocinar comida que no te gustaba, dejaste de comer comida que sí te gustaba, y al final el cabrón te dejó por una mujer que no hizo nada de eso. ¿Sabes qué eligió él? Eligió lo único que tú no le podías dar.
—¿Qué?
—A alguien que existía sin él.
Renata se rió otra vez con esa risa de tos. Más fuerte que la primera vez.
—Está cabrón eso.
—Está cabrón sí. Pero todavía no es lo más cabrón.
—¿Qué es lo más cabrón?
—Que tú piensas que el problema empezó con Sebastián. Y Sebastián fue el último, no el primero. ¿Cuántos novios serios has tenido?
—Tres largos. Uno de tres años, uno de seis, Sebastián de seis.
—¿Y cuánto cambiaste por cada uno?
—…
—Más profundo, Renata.
—Por el primero aprendí a tomar mezcal. Yo no tomaba. Empecé a tomar porque él era mezcalero. Aprendí los nombres, las regiones, el discurso completo. Después de él dejé el mezcal y nunca volví a tomarlo.
—¿Y el segundo?
—El segundo era escalador. Yo le tenía pánico a las alturas. Me metí a escalar. Estuve tres años escalando los fines de semana. Me caí dos veces. La segunda me rompí una costilla. Cuando él me dejó, no volví a escalar nunca.
—¿Y Sebastián?
—Ya te conté de Sebastián.
—Sí. Pero ahora hagamos la cuenta. Mezcal por uno. Escalada por dos. Yoga, pilates, cirugías, dieta, religión, risa por tres. Renata, ¿qué te gustaba a ti antes del primer novio?
Renata abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. Se quedó mirando la vela como si la vela le fuera a dar la respuesta.
—…
—Tómate tu tiempo.
—Me gustaba… me gustaba el tequila. Tomaba tequila reposado en las rocas. Me gustaban las uñas rojas. Me gustaba la salsa. Bailar salsa, no la salsa de comer. Me gustaba leer novelas pendejas de aeropuerto, las que tienen portadas con mujeres caminando en la playa con vestidos que ondean. Me gustaba reírme fuerte porque me hacía sentir que ocupaba espacio. Me gustaba la pizza. Me gustaba ser un poco gorda. Bueno, no gorda, pero con cuerpo. Tenía caderas. Me veía bien con caderas.
—¿Y de toda esa lista qué queda?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada. Renunciaste a todo lo que te identificaba a ti para que tres hombres distintos te identificaran a ti como la versión que ellos preferían de ti.
Renata se puso una mano en el pecho. Sintió el implante. Lo había sentido antes, claro, todos los días desde la operación. Pero esta vez lo sintió diferente. Como sintiendo algo que no era suyo. Como si alguien hubiera dejado un objeto extraño dentro de su cuerpo y solo ahora se estuviera dando cuenta.
—Pero todos hacemos cosas por las parejas. Todos cambiamos un poco. Es… es parte del compromiso.
—Sí. Hay una diferencia. Compartir el café porque a tu pareja le gusta y resulta que a ti también. Eso es influencia. Adoptar el café porque a tu pareja le gusta y odiarlo en secreto porque te quita el sueño. Eso es traición. ¿Cuál de las dos hiciste tú?
—La segunda.
—¿Las dos veces?
—Las tres veces.
—¿Y por qué, Renata?
—Porque pensé que si era exactamente lo que ellos querían, me iban a querer.
—¿Y los hombres aman a la versión exacta de lo que querían?
—…aparentemente no.
—Aparentemente no. ¿Por qué?
—No sé.
—Sí sabes. Más profundo.
Renata respiró. La vela se quedó quieta de pronto, como si el sótano entero estuviera escuchando.
—Porque si me adapto perfectamente a lo que ellos quieren, dejo de ser una persona. Soy un espejo. Y nadie quiere coger con un espejo.
—Excelente frase. Subráyala. Pero todavía hay otra capa. ¿Por qué tan disponible para ser espejo, Renata? ¿De dónde te viene esa habilidad de borrarte tan rápido? La gente normal opone resistencia. Tú no. Tú dijiste "sí" a las cirugías, "sí" al budismo, "sí" a cambiar la risa. Eso no se aprende con un novio. Eso ya venía instalado. ¿Quién te lo instaló?
Renata se puso a temblar. No de frío. De otra cosa. Se abrazó a sí misma, los brazos cruzados sobre el pecho operado.
—Mi papá.
—Tu papá qué.
—Mi papá no estaba. O sea, estaba físicamente, pero solo se acordaba de mí cuando estaba arreglada. Yo crecí en una casa en la que si bajaba a desayunar despeinada, mi papá no me veía. Literalmente no me veía. Como si fuera invisible. Pero si bajaba peinada, con un vestido bonito, me decía "qué princesa". Y me cargaba. Y me hacía sentir vista. Aprendí desde los cuatro años que la única forma de que me viera mi papá era pareciéndome a la idea que él tenía de su hija.
—¿Y tu mamá?
—Mi mamá tenía la báscula en el baño. Pesarme cada mañana. Si subía un kilo me decía "hija, cuidado, los hombres no quieren mujeres con caderas como las de tu tía Margarita". Mi tía Margarita era la hermana soltera. La que mi mamá señalaba como advertencia. Yo crecí pensando que el destino más triste posible era ser tía Margarita. Y ahora me doy cuenta de que la tía Margarita estaba más entera que mi mamá.
—¿Por qué?
—Porque la tía Margarita tenía caderas y se reía fuerte y se vestía como le daba la gana. Y mi mamá vivía midiéndose para que mi papá no se fuera. Y mi papá igual se fue, a los cincuenta y dos, con su secretaria de veintinueve, y mi mamá se quedó sin caderas, sin risa, y sin marido.
—Tu mamá te enseñó la receta para el desastre y tú la perfeccionaste.
—La perfeccioné.
—¿Y el primer novio?
—El primer novio era un imbécil. Me comparaba todo el tiempo. Con mis amigas. Con mujeres en revistas. Con su ex. "Ay, mira qué pelo tiene Renata, deberías cuidarte más el pelo." "Ay, mi ex era flaquita, tú estás bien pero cuídate." Yo tenía dieciocho años. Pensé que eso era lo normal. Pensé que las parejas se hablaban así.
—Y para cuando llegó Sebastián…
—Para cuando llegó Sebastián yo ya tenía veinte años de entrenamiento siendo medida, evaluada, comparada. Sebastián no me enseñó nada nuevo. Solo me dio la versión de lujo del mismo juego.
El Ratardo bajó de la caja. Caminó alrededor de Renata. Lentamente. Como un médico mirando una radiografía.
—Renata.
—¿Qué.
—Te voy a decir algo y va a doler.
—Estoy en un sótano hablando con una rata humana después de un cumpleaños sin invitados. Ya nada me puede doler más.
—Sí te puede.
—Dilo.
—Te operaste tanto para que te quisieran, que ya no queda nada que querer.
Renata se llevó la mano a la cara. No lloró. Era como si la información fuera demasiado grande para llorar todavía. Era como si tuviera que recibirla en pedacitos.
—…
—¿Sabes por qué el cabrón de Sebastián se fue con la otra ingeniera?
—Porque era real.
—No. Porque tenía algo. La otra ingeniera tenía gustos. Tenía opiniones. Tenía un cuerpo que era el de ella. Tenía una historia que era la de ella. Cuando Sebastián entraba al departamento de ella, encontraba a alguien. Cuando entraba al tuyo, encontraba un eco. Y los hombres pueden ser pendejos, Renata, pero un eco no se ama. Un eco se aburre rápido.
—Eso es horrible.
—Es horrible y es exacto. Tú no perdiste a Sebastián. Tú te perdiste a ti misma para tratar de retenerlo, y al perderte, lo perdiste. La paradoja del espejo: cuanto más perfectamente reflejas a alguien, más rápido se cansa de mirarte. Porque nadie quiere mirarse a sí mismo todo el tiempo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora me cuentas de las amigas.
—¿Las amigas?
—Pamela. Las otras cinco. La cena de hoy. Hablemos de eso.
Renata sacó el celular. Cero barras. Aún. Lo dejó en el suelo.
—Pamela me dice que ya nadie me aguanta. Que siempre hablo de Sebastián, de la dieta, del yoga, del budismo. Que se cansaron. Que no soy yo.
—¿Y desde hace cuánto te conoce Pamela?
—Veinte años. Desde la prepa.
—¿Y Pamela ha visto las tres versiones de ti?
—Sí.
—¿Y crees que Pamela te dejó de aguantar porque hablas de Sebastián?
—Eso dijo.
—Pamela te miente. Bueno, no del todo. Te dijo lo más fácil. Lo verdadero es otra cosa.
—¿Qué.
—Pamela te dejó de aguantar porque cada vez que se sentaba contigo, no sabía con cuál Renata estaba hablando. Y eso es agotador. La gente puede tolerar una amiga que cambia. Lo que no tolera es una amiga que se va borrando. Porque cada vez que te sentabas con Pamela, ella tenía que adivinar qué Renata era esta. ¿La de los carbohidratos? ¿La del budismo? ¿La de la nueva risa? ¿La de las extensiones? ¿La que está deprimida pero dice estar zen? Eso no es amistad. Eso es trabajo. Y nadie quiere trabajar gratis veinte años.
—Pero yo era buena amiga. Yo siempre las apoyaba. Yo siempre estaba ahí.
—¿Estabas ahí o ESTABA ahí la versión que pensabas que ellas necesitaban?
—…
—Renata. Cuando una amiga tuya se separaba, ¿la consolabas como Renata o como la versión zen de Renata que dice cosas como "todo es impermanente"?
—Como la versión zen.
—¿Y cuando una amiga estaba feliz?
—La celebraba con la risa nueva.
—Ves. No estabas ahí. Estaba ahí la performance. Y la performance no consuela a nadie, Renata. La performance pone incómodo. Tus amigas no te abandonaron porque eres mala persona. Te abandonaron porque hace años que no podían tocar fondo contigo. Porque cuando una amiga le cuenta a otra una verdad fea, necesita que del otro lado haya una persona, no un buda de Polanco.
Renata se rió. La risa de tos otra vez. Esta vez la dejó salir entera, sin sofocarla. La risa rebotó en el techo del sótano y se mezcló con el parpadeo de la vela.
—Está cabronsísimo eso.
—Está cabronsísimo y es exacto.
—¿Y entonces qué hago, Ratardo? ¿Llamo mañana a Pamela y le digo "perdón por veinte años de versiones falsas, vamos a empezar de cero"?
—No.
—¿No?
—Pamela no es tu problema todavía. Ni tus amigas. Ni Sebastián. Tu problema es más feo.
—Cuál.
—Que no sabes quién eres y llevas veintitantos años sin práctica de averiguarlo.
El Ratardo se sentó otra vez en su caja. Sacó otro pedazo de queso. Lo masticó. Renata lo miró masticar y, por primera vez en cuatro años, sintió hambre. Hambre real. Hambre de carbohidrato.
—Te voy a decir una cosa que parece simple y no lo es. Hay una diferencia entre la prudencia social y la traición de uno mismo.
—¿Cómo?
—Prudencia social: en la oficina no le cuentas a tu jefe que te masturbaste anoche. Eso no es traicionarte. Eso es ser inteligente. No estás obligado a entregar todo de ti en cada momento. Hay cosas que se reservan. Eso lo hacemos todos. Hasta yo.
—Bueno.
—Traición de uno mismo: en la cama con tu pareja, cuando te pregunta qué te gusta, le dices lo que crees que le gustaría a él escuchar y no lo que te gusta a ti. Te niegas un placer real para producir un placer fingido para él. Eso es venderse. Y lo hacen millones de personas todos los días sin darse cuenta.
—Yo hacía las dos cosas. Pero más la segunda.
—Más la segunda. Sí. La gran trampa, Renata, es confundir la prudencia con la negación. Cuando empiezas a venderte poquito en cada situación —en la cama, en la mesa, en la conversación— te convences de que estás siendo "flexible", "buena pareja", "buena amiga". Pero adentro algo se va apagando. Hasta que un día la luz que pensaste que era la pareja, la amiga, el trabajo, en realidad era tuya. Y ahora está apagada y no sabes dónde está el switch.
—¿Y cómo lo prendo?
—Más despacio. Antes de prenderlo, hay que aceptar algo todavía más feo.
—Más feo que lo que ya aceptamos.
—Más feo. Sí. ¿Lista?
—Pendeja sería decir que sí en este punto. Pero dilo.
—El carácter, Renata, no se elige. Se descubre. Lo que tú eres, lo que naciste, lo que está grabado en tu ADN, eso ya está decidido desde antes de que tú existieras. Tu risa fea. Tus caderas. El que te guste el tequila reposado. El que te guste reír con tos. Eso no se inventa. Eso se descubre. Y se honra. O se traiciona.
—Pero entonces ¿qué hago con quince años de "yo" inventado? ¿Lo borro?
—No se puede borrar. Pero se puede dejar de alimentar. Las extensiones se caen. Los pechos siempre se van a sentir extraños porque no son tuyos, eso ya. Pero el resto —los gustos, las opiniones, la risa, la comida, los libros— eso lo puedes empezar a deshacer mañana en la mañana.
—¿Cómo?
—Empieza por algo idiota. Mañana cómete una pizza. Una pizza completa. Con carbohidratos. Con queso. Sin culpa. Y cuando termines, ríete fuerte. Como vos te reías. Sin pena de que te oigan. Y luego pintate las uñas rojas. Y luego pon salsa en el cuarto y baila sola hasta sudar. Y mira al espejo después de bailar, sudada, despeinada, sin maquillaje. Y di en voz alta tu nombre completo. Renata Villaseñor. Y mira a ver si la mujer del espejo te contesta.
—¿Y si no me contesta?
—Vuelve a hacerlo al día siguiente. Y al siguiente. Hasta que conteste.
—¿Eso funciona?
—No prometo nada. Yo no soy gurú. Pero te puedo decir que una mujer que come pizza, baila sola, y se ríe con tos en su propio departamento, está más cerca de existir que una mujer que medita dos horas para que un ingeniero la apruebe.
Renata se levantó. Caminó por el sótano dos veces. Se paró frente a la vela. Vio cómo la vela parpadeaba y pensó que la vela parpadeaba como ella había parpadeado durante quince años: prendida y apagada según quién la mirara.
—Ratardo.
—Mande.
—¿Y si me arrepiento?
—¿De qué?
—De las operaciones. De los años. De las amigas que perdí. De Sebastián. Del cumpleaños hoy.
—¿Hay forma de regresar?
—No.
—Entonces el arrepentimiento es decoración. Ahórratelo. Lo que sí hay es la próxima decisión. Esa sí está disponible. Y luego la siguiente. Y luego la siguiente. Tu vida no es un libro escrito. Es un cuaderno. Y se te acabaron muchas hojas, sí, pero hay muchas más en blanco. ¿Quién va a escribir las que quedan, Renata? ¿Tú? ¿O el siguiente Sebastián?
—Yo.
—Más fuerte.
—Yo.
—Con risa de tos.
Renata se rió. La carcajada subió por las escaleras del sótano y salió por la puerta lateral hacia la zona industrial. La vela ya no parpadeaba.
—Eso. Esa risa. Esa sí es tuya.
—¿Tú cómo sabes?
—Porque las falsas no rebotan. Salen de la boca y caen al piso. La tuya rebotó. Eso es ADN.
Renata se sentó otra vez. Estuvieron un rato en silencio. El Ratardo masticando. Renata mirando sus manos.
—Ratardo, una última pregunta.
—Las últimas preguntas son siempre las más caras. Pero dale.
—¿Por qué Sebastián eligió a alguien que era ella misma, si ella no le hacía caso, no se transformaba para él, no le complacía cada capricho? Yo entendía que los hombres querían mujeres que les dieran todo. Y ahora me dices que prefieren a las que les dan menos.
—No te dije eso.
—Pero…
—Te dije que prefieren —algunos, no todos, no siempre— a alguien que existe. Hay una diferencia. La ingeniera no es que le dé menos a Sebastián. Es que existe sin él. Cuando él entra al cuarto, ella está haciendo algo que no es esperarlo a él. Eso es lo que se ama. No el sacrificio. Lo opuesto al sacrificio.
—Existir sin él.
—Existir, punto. Con o sin él. Si él se va, ella sigue existiendo. Si él se queda, ella sigue existiendo. Su existencia no es una función de él. Tú, en cambio, tu existencia entera era una función de Sebastián. Si Sebastián cambiaba de gusto, tú cambiabas de pelo. Si Sebastián descubría una religión, tú te convertías. Tu vida era una variable que dependía de la suya. Y nadie quiere amar una variable. La gente quiere amar una constante.
—Una constante.
—Una persona. Esa palabra es lo que significa.
—Hace mucho que no soy una persona.
—Lo sé. Pero todavía hay material. Lo que escondiste por años no se murió. Solo se calló. Y hay una buena noticia en todo esto.
—¿Cuál?
—El yo verdadero siempre regresa. Tarde o temprano. Lo encierras quince años, sale. Lo encierras treinta, sale más enojado. Pero sale. La identidad falsa tiene fecha de caducidad. La verdadera no. Por eso, por más que intentes ser otra cosa, siempre acabas siendo tú. Aunque sea en un sótano, a las dos y media de la mañana, llorando con la pestaña postiza colgándote del pómulo.
Renata se tocó el pómulo. La pestaña seguía ahí. Se la quitó. La miró. La dejó caer al piso del sótano.
—¿Qué te debo, Ratardo?
—¿Por la consulta?
—Por la consulta.
—Nada. Yo no cobro. No tengo nómina. No tengo fines de mes. Pero te voy a pedir una cosa.
—Lo que sea.
—No me vuelvas a llamar maestro. No soy maestro. Soy una rata con insomnio que escuchó a una mujer cansada. La que llegó sola al fondo eres tú.
—¿Y si quiero volver?
—No vuelvas. Si trabajaste bien, no vas a necesitar volver.
—¿Y si no trabajé bien?
—Vas a saberlo. Y si no funciona, hay otro sótano. Siempre hay otro sótano. La vida está llena de ellos. El truco es no quedarse ahí.
Renata recogió sus tacones del piso. No se los puso. Recogió su bolsa. La pestaña postiza se quedó tirada como una pequeña promesa rota.
—Una última cosa, Ratardo.
—Mande.
—¿Tú cómo sabes todo esto?
—Yo también me edité una vez. Para ser un humano normal. Roberto García. Contador junior. Novia. Plan de vida. Quince años así, igual que tú. Y un día renuncié. Y miré una rata. Y la rata me miró. Y me convertí en esto. Pero antes de convertirme en rata, fui una versión editada de mí mismo durante mucho tiempo. La diferencia es que yo me edité por miedo a no encajar. Tú te editaste por miedo a no ser amada. Es el mismo miedo, Renata. Solo cambia el envoltorio.
—¿Y vale la pena?
—¿Volver a ser uno mismo?
—Sí.
—No es feliz. Es algo mejor. Es tranquilo. La felicidad es un pico. La tranquilidad es un piso. Cuando estás parada en tu propio piso, ya nadie te puede tirar. Porque ya estás abajo. Y el piso es tuyo.
Renata subió las escaleras descalza. Los tacones colgándole del dedo. La bolsa Bottega Veneta en el otro brazo. La pestaña tirada. El maquillaje hecho un desastre. La pestaña del otro ojo seguía pegada y la vio en el reflejo del cristal de la puerta lateral cuando salió. Se la arrancó también. La dejó en el piso del rellano.
Afuera había empezado a clarear. Las cinco veintitantos. Una luz gris azul de zona industrial. El Audi seguía ahí, ladeado, con la llanta vencida. Se sentó en el cofre. Sacó el celular. Una barra. Marcó a la grúa. Después marcó a Pamela.
Pamela no contestó. Renata dejó un mensaje.
—Pame. Soy Renata. La de antes. La de la prepa. La que tomaba tequila y se reía fuerte. Sé que ya no me aguantas. No estoy llamando para pedirte que me aguantes. Estoy llamando para pedirte perdón. Y para decirte que voy a tardar en saber quién soy otra vez. No sé si quieras estar mientras lo averiguo. Si no quieres, lo entiendo. Si quieres, te aviso. Por hoy, gracias por haber estado ahí los primeros años, antes de que yo dejara de estar.
Colgó. La grúa llegó a las seis y diez. El operador la miró con esa cara que ponen los hombres cuando ven a una mujer maquillada al revés en un cofre a las seis de la mañana en zona industrial. Renata le devolvió la mirada sin sonreír y sin acomodarse el pelo. El operador no preguntó nada. Levantó el coche.
Renata, sentada en el copiloto de la grúa, oliendo a sudor, a maquillaje viejo, a sótano húmedo, miró por la ventana hacia el edificio abandonado. Vio la puerta lateral. La luz del sótano ya no estaba.
Pero adentro de Renata, algo había empezado a parpadear.
Y por primera vez en quince años, la luz era de ella.
La Enseñanza del Ratardo 🐀
No puedes obligar a nadie a quererte editándote hasta que ya no haya nada que querer. La autenticidad no es un proyecto de mejora — es lo único que ya tenías y que estás perdiendo cada vez que te ajustas para que te aprueben.
El carácter está grabado en los genes. La risa, las caderas, los gustos, las opiniones — eso es ADN, no decisión. Cambiarlo no es evolución, es traición sin resultados duraderos. Porque el yo verdadero siempre regresa, y cuando regresa, lo hace en el peor momento posible, frente a un espejo, en una zona industrial, a las dos y media de la mañana, sin amigas, sin pareja, sin saber quién es la mujer del reflejo.
Hay una diferencia entre la prudencia social — no entregar todo en cada momento — y la negación de uno mismo. La primera es inteligencia. La segunda es autodestrucción con factura mensual.
Ningún hombre, ninguna amiga, ningún jefe, ningún papá ausente, ninguna mamá con báscula, te va a amar más por convertirte en lo que crees que ellos quieren. Lo que aman las personas no es el reflejo perfecto de ellos mismos. Lo que aman es a alguien que existe sin ellos. Una constante. Una persona.
Y la única forma de ser una persona es dejar de venderse, una decisión a la vez, empezando por una pizza con carbohidratos, una risa fea, un par de uñas rojas, y un baile a solas frente al espejo donde te dices tu nombre completo y esperas a ver si la mujer del reflejo te contesta.
Cuando contesta — y siempre contesta, tarde o temprano — esa es la primera vez que estás en casa.
> "Te operaste tanto para que te quisieran que ya no queda nada que querer."
> "No es feliz. Es algo mejor. Es tranquilo. La felicidad es un pico. La tranquilidad es un piso. Cuando estás parada en tu propio piso, ya nadie te puede tirar. Porque ya estás abajo. Y el piso es tuyo."
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Enseñanza del Sótano
— El Ratardo 🐀